lunes, 28 de junio de 2010

Las escamas del tiempo

El reloj azul de mi madre descuelga sus tenazas de témpano sobre mi hombro. Son las ocho y media de la noche.

Sentados en la mesa, mi mamá se enjuaga el rostro con sus lágrimas de bolsillo roto, mi tía remoja el abandono de sus hijos en el café, mi hermano silba a su celular que no suena. Mi viejo en el cuarto de al lado, se suicida viendo burbujear el ron que se bebió a mediodía.

Yo me encuentro en una estrella lejana leyendo el periódico, preguntándole a mi oído izquierdo si la melodía le supo bien y al derecho si sigue contando los cadáveres del choque de hoy en la madrugada. Me detengo con la boca cuadrada a ver cuántas respuestas me sé del crucigrama. Y me doy cuenta, que no sé ninguna.

Abro la palma de mi mano y noto sus violines revoloteando entre los bigotes de mi gato. El Negro ojos de esmeralda y pelaje de sombra. Cola de cometa atómico y patas de bisturí.

De la otra palma me brotan capullos de estaño y sogas de nuez. Los pies entre los pliegues de un piso cerámico con cincuenta años de dolor sobre polvo. Ese polvo sobre su lenguaje de piedra y madera.

Me detengo al escuchar una castañuela en el corazón y me doy cuenta de la hora que marca su estado, como el eco apilado de las calles después de una tarde de tormenta. Como los gritos enroscados en las paredes después de una noche de viernes y sirenas.

Cierro el periódico y me bebo el último sorbo de leche caliente con canela. Le digo a mi tía que las tortillas con chicharrón le quedaron muy buenas y ella sonríe como cuando me abro el zipper de la chumpa que llevo puesta, con el reseco paso de diente y diente, con el plástico crujir de su costilla.

Voy a mi habitación como el reo que ha cumplido su condena del día y se retira hacia los barrotes de plumaje largo y paisajes sin final. Se cierra la puerta de madera con tridente de metal para que se queden afuera los fantasmas que pronto brincarán por la ventana y se acomodarán a ver un partido de fútbol o a contemplar las paredes que ante mis ojos, comienzan a hervir acuarelas.

Un chorrito de dedos golpean el techo de lámina, se arruga de frío la cama y se acurruca la almohada en la cabecera, reclamándole soledad a mi cabeza. Se forma un diálogo ajeno a mí, entre ellas:

-Pero si estamos solas...-le replica mi cabeza.
-Pero si yo te veo allí...-le vuelve a decir la almohada.

Un tema lento tamborilea los audífonos y abren sus cables para abrazar a mis tímpanos. Se me cierra el pecho en las esquinas de un invierno mentolado y se abren mis muslos al contacto con el muerto.

Pero es que nunca pronuncia palabra. No se mueve y creo, que tampoco siente. Es el banquete de hule y piedrín. Una lluvia de nieve maquilla el nenúfar rojo. Entonces, todo se apaga.

Beatles Cartoons, algo que veía de niña...



La cerveza favorita del Capitán Beto

Estoy aquí, en una tarde cargada de acero y goterón. En una habitación de no sé cuánto por cuánto, porque después de todo, solamente son números. Como la edad. Como los amantes. Como los recuerdos. Como los libros.

Tengo la fortuna de probar el placer de los placeres como lo puede ser el odio, contra el amor. Como la película de Rocky cuando le tocó fajarse con Iván Drago. Que es la secuela que más recuerdo. Como hoy que perdió Inglaterra contra Alemania. ¿Hitler contra la Reina Inglesa? Los mexicanos contra los gauchos. El equipo charrasqueado de final churrasqueado.

La cerveza Gallo contra la Cuzqueña. Dos de las mejores, pero alguna ganará. Y ganó la Gallo. ¿Qué dices si te doy empate? No por regalo, sino porque te peleaste por mí, porque me dejaste tocarte y pedirte un Machu Pichu sin reintegro.

La religión no es el opio de las masas. Son los derechos humanos. Las organizaciones a quienes muchos les agradecemos que por proteger a algunos mañosos humanos, sigan sueltos violadores, asesinos, genocidas y demás lacras.

A quienes hoy YO, les digo que me alegra que le hayan puesto a un puente el nombre de Jorge Ubico. Pues si bien es cierto el sistema no fue generoso con todos, al poner en aquel tiempo a un dictador en la cabeza de gobierno, según mi abuelo y mi papá, fue la única época donde pudimos observar a los prisioneros hacer algo provechoso para la sociedad, no acostados en su celda comiendo tres veces al día. No echados en su prisión con drogas, mujeres y televisión LCD pagado por mis impuestos, ni a costa de mi pobreza, sino haciendo carreteras y siendo asesinados con la Ley Fuga. Preso visto, preso muerto. Ese era el lema, y no me caería mal que volviera a suceder. Aunque tuviera que cargar encima y todo el tiempo mi Cédula de Vecindad o una carta de la empresa para la que trabajo, en donde diga, que efectivamente, trabajo.

Pero que no me jodieran con que no puedo salir a las 11 de la noche a caminar a un parque, porque me pueden violar, asesinar o asaltar. Y dejarme secuelas que no duren mucho porque fui a dar a un panteón o que duren mucho como para llevarme a la vejez con traumas y divorcio de país.

Por eso le doy la razón a un tipo que no recuerdo su nombre, pero que hablaba sobre no reconciliarse con este país, por todas estas ataduras, gracias a los derechos humanos.

Gracias a ustedes, yo no puedo denunciar a un delincuente conocido sin que después sepa que me va a re-conocer en la calle y me va a asesinar. Gracias a ustedes yo no puedo demandar inyección letal para un tipo que ha violado a niñas y ha decapitado niños. Gracias a ustedes todos los cabrones expresidentes que han pasado robándome se pueden ir a vacacionar a Panamá, Europa y otros tantos países alcahuetes, pues ustedes los defienden a capa y espada.

Pero si yo toco cada una de las puertas de la justicia, me sucederá lo mismo que publiqué anoche en el Blog: El saberme merecedora de justicia, pero con un Guardián, que aún fuese el último que queda de todos los que ha habido, jamás me dejará entrar con soborno, y conoceré cada una de sus pulgas y cada una de sus liendres, y cada una de las ladillas que habitan en sus genitales, pero jamás podré ver esa puerta abierta, si es que no me he quedado sorda y casi ciega en el camino.

Y conste que no me gusta el rojo.

Pero me gusta, lo que pude vivir en un país ajeno, dándole la razón a muchos, quitándole la razón a otros. Pero no me interesa, pues soy yo y es mi egoísmo y mi existencia por sobre la de los demás.

Me gusta salir a las 10 de la noche a una Plaza, a caminar, a mirar a la gente ir y venir, ver a niños corriendo por ese angostamente inmenso sitio, y sentarme en un bar a beber cerveza y beber hasta casi caerme en el piso. Salir con la cabeza cargada de trago y el corazón a mil por mil, peleando con mi pareja por haber salido en solitario. Por poderle llorar sin que a nadie le importe. Por poderle reprochar sin que a nadie le venga por pedirme documentos y preguntarme si tengo problemas, con el grillete listo para llevarme a la Comisaría.

Es cierto, te quise mucho, te adoré en algún momento. Me gustaba caminar contigo. Pero ya no más, te veo y no te soporto. Te siento y me fastidias. Miro tu oscuro rostro sobre mi cara de sol y me causa náusea. Me he peleado contigo al punto del divorcio, al punto de no desear más tu nombre y de renegar tu sangre en la mía. Me he hastiado de hacerte el amor. Pues te veía y tus piernas temblaban, y al minuto te abalanzabas sobre mí palpando mi pubis y mordiendo mi alegría.

Te quería, pero ya no te quiero. Aún si te empeñaras en ver mi obituario en tu lápida.

Siempre que hay eventos como el Mundial, no faltan los artículos sobre lo que piensan los intelectuales sobre este deporte. Hoy salió lo que haya dicho alguna vez, Borges y Kipling, quienes lo odiaban, contra Passollini y Benedetti, quienes eran hinchas.

¿Quién dice que no existe historia en el fúbol? Lo hablaba con mi viejo hoy, mi viejito, por qué me gusta Holanda, me gusta desde el ’88 que ganaron la Eurocopa y pude ver a Rikjard, a Gulit, a Marco Van Basten a través de una vitrina en un almacén llamado la Curacao, en la sexta avenida.

Salía de los exámenes finales o de medio año, no recuerdo bien, con mis amigos, todos hombres, salíamos corriendo con el uniforme del colegio a buscar el almacén y ver los partidos desde la calle. Allí fue cuando me gustó esa naranja.

Y dije, me gusta ese tajo.

Cuando platicábamos de entrenadores como La Volpe, Zagallo, y otros que ya no están.

Cuando recordamos a un Pelé, a un Maradona, a la mascota de España ’82, el Naranjito.

De lo que me gustaba ver las caricaturas de los Beatles y cantar sus canciones, después de los partidos. Era una especie de karaoké pero de los buenos.

De las borracheras que me puse en los estadios de acá, viendo a mi equipo jugar: a los rojos del Municipal.

¿No hay historia? Allí la historia, carajo.

El Gabinete del Doctor Caligari con su hipnotizado criminal. El recuerdo de una guerra más fría que la misma Guerra Fría.

Ayer peleaba con mi vieja sobre su mal hábito de querer humillar a la gente cuando la disgustan. Por qué es que a mí no me gustan los problemas vecinales. No porque no tenga valor. Tal vez soy un poco gallina, pero detesto salir a saludar a regañadientes, pedir disculpas por algo que no he hecho y mantener la actitud de buena vecindad. Si me caes mal, ni siquiera me voltees a ver, pues yo no lo haré. Te mostraré mi hermoso y gran culo.

Y mira que es lindo, así que anda, alégrate con eso, tienes mucho de mí ya.

Sé que soy mala ciudadana. Por eso no tengo ciudad.

“¿Qué clase de rico será el que no guarde su riqueza en el puño?” (Mal parafraseado desde un tema de Miguel Abuelo).

Yo sé que en mi familia, muchos de los miembros adultos, me tienen envidia. Menos uno: y ese es mi papá. Quizá por que él en mucho, poco, casi nada, casi en todo, es similar a mí.

Tengo recuerdos de Belice, de Costa Rica, de Ecuador, de Perú, de El Salvador, de Colombia.

He guardado paisajes de rostros. Miles de ellos. Casi todos los recuerdo.

Recuerdo el taxista que en Belice me llevó de un lugar a otro. Un hombre de raza negra, muy simpático. La fortuna de saber otro idioma, en mi caso el inglés. Me contó anécdotas sobre ese país. Ese país a quien le deseo de todo corazón que jamás vuelva a ser parte de Guatemala, pues están mejor siendo parte de los ingleses. Le deseo que le vaya bien. Como un amigo a quien se le tiene respeto y sobre todo un cariño sincero y se le desea, que haga lo que haga, aún uno jamás llegue a ser partícipe, que le traiga felicidad y prosperidad.

Recuerdo cuando me invitó a un helado de nueces. El mejor del lugar, según me dijo. Se salió bajo el aguacero a comprarme el helado. Cuando después pasé por el taxi en medio de una calle, cuyo boulevard era parte del Cementerio principal.

En Costa Rica conocí a una mujer muy simpática. Empresaria y con su estatus económico de un nivel diría que clase media alta. Pero eso no es lo que importa. Era su valor, su forma aguerrida de llevar la vida. Su manera de haberse hecho un hijo a quien adoraba y estar orgullosa del padre, un italiano, justo como ella lo deseaba, pero de quien ya no quería saber absolutamente nada.

En Ecuador, de un hombre que en el aeropuerto, notando mi enorme tristeza, se me acercó y resultó ser un entrenador de un equipo local de Guayaquil, me dio su número de teléfono para llamarlo por si de pronto volvía a aquel lugar. Entonces me contaba que viajaba a no sé donde para ir a entrenar a un equipo. Pero recuerdo su charla simpática, como queriendo hacerme sonreír, aún se me fuera una lágrima entre los dientes.

Una señora en un mercado que hacía grabados de textos y nombres en madera. Muchas vendedoras y vendedores. Un hombre simpático que hablaba cosas bonitas de un lago lleno de basura, haciéndolo quedar como una de las maravillas del mundo. Una señora en un restaurante que ahora no recuerdo.

Qué decir de Lima, Arequipa y Cuzco. A veces me critican por el hecho de querer “vivir” de recuerdos. Quien lo dice, no me conoce, como yo tampoco lo conozco. Quiero mucho a ese país porque entre la dureza de su gente, pude hacer sonreír a alguien. La última vez que fui, recuerdo que iban a cancelarme el vuelo y a dejarme en lista de espera. Pero una señora alemana, que hablaba inglés me metió de contrabando en una fila y logró meterme en el siguiente vuelo para Costa Rica. Se despidió de mí con una bendición de Dios y la vi partir con sus maletas. En Lima, hubo mucha gente. Creo que gente que tal vez no vuelva a ver. O quizás sí.

Pero no se trata de eso. Más adelante contaré sobre una Casa de Locos. Allí es donde está toda esa gente que conocí, a quienes, aunque me tilden de falta de credibilidad, quise mucho. Quiero mucho.

Ahora quiero aprovechar las últimas horas que me quedan de Internet en casa.

Prólogo película "El Proceso" (The Trial-1962) dirigida por Orson Welles, basada en una novela de Franz Kafka

"Uma Kwanyin de Mil Brazos" (Zhang Jigang)

La falsa Peperina

Violeta despertó después de que su esposo se fuera al trabajo. Últimamente tomaba de pretexto algún libro o algún programa entretenido para dormir hasta tarde la noche y despertar tarde por las mañanas. Todo, con tal de no tener que hablar o siquiera mirarlo por más de dos horas.

Hasta hace un tiempo solía ponerse a escuchar música durante horas, sin parpadear. Como si del techo se descolgaran las estrellas y de su cuello le nacieran gaviotas. Con su muy poca habilidad para dibujar, a veces sus dedos chorreaban témpera y tomando hojas en blanco fantaseaba con ser Gauguin, Van Gogh o uno de esos pintores urbanos cuya morada yacía en alguna pared llena de orines y caca, y su palacio se hacía de aerosol.

Tomó una bata de la colección que posee en ropa de dormir y baja hacia la cocina. Una cocina propia de una pareja de condición media, económicamente. Escucha el clic, clac de la puerta y sin girar el rostro para ver quién aparecía, da los buenos días. Como una momia. Como el desfile de momias que ella solía ver haciendo fila en el supermercado todos los domingos. Como el desfile de momias que aparecían en los centros comerciales que frecuentaban, mientras ella se sumaba con un par de zapatos o un bolso en sus manos rígidas. Sus manos de difunto. Entonces apareció la señora de la limpieza, doña Ana.

Doña Ana era una señora de mejillas sonrosadas, se veía que venía de algún pueblo bonito y lejano del país. Seguramente era sololateca, casi lo podía asegurar por la forma de su rostro y su cabello, rasgos típicos de quienes venían de ese lugar. Ella tenía muchos años de trabajar para Violeta, primero con los papás de ésta, luego, como quien hereda un baúl, se quedó para seguir con la “niña Viole”, como solía llamarle, luego de que contrajera matrimonio. Nadie podía adivinar que detrás de la manera de mirar de doña Ana, se escondía una espeluznante historia, como la que rondaba en la cantina El Olvido, en donde aparecía en un póster, la imagen de una voluptuosa bailarina de los años 40, muy parecida a quien ahora era una simple criada. También otra que contaba que si al día de hoy esta señora se encontraba sola, sin esposo y sin hijos, fue por un extraño caso de enfermedad infecciosa de la que toda su familia fue víctima, menos ella. Al menos eso fue lo que pudo decir el que redactó el acta de defunción de todos y cada uno. El mismo que hizo las autopsias y años después fue internado en un hospital psiquiátrico y a los pocos meses se suicidó. El mismo que dicen, amó profundamente a doña Ana. La señora dulce y hacendosa que se apareció aquella mañana en la puerta de la casa de Violeta.

Ella, le devolvió el saludo a su ama, con una sonrisa de quien ya no se reconoce en el espejo y de quien ya se olvidó de soñar. Tomó inmediatamente un delantal blanco que mantenía en una mesita y se dispuso a danzar con la escoba y el trapeador. Mientras Violeta se hundía en la ducha, mientras ella iba contemplando su cuerpo desnudo y nota que la naturaleza es muy sabia, pero nunca perdona. Sus pechos ya mostraban el beso de los días, la pasión de los años, sus muslos se encontraban cargados de más deseos contenidos, que de experiencias vividas. Sus nalgas saltaban al toque del viento, mostrándole al mundo que se sabe más no por los años que pasan, sino por la intensidad con la que se vive hasta el más minúsculo de los momentos y cómo se muere a través de ellos. A veces sin oportunidad de renacer.

Violeta siempre fue esa chica a quien todos quieren, a quien todos aprecian, pero muy poca gente la logra alcanzar. Hasta que ella se ha ido. Hasta que ella cierra su puertecita y frunce su ceño como una niña a quien le han dicho sus papás que no...que no y que no le comprarán la muñeca que ella pedía, pero le dan un balón bonito. Siempre fue sobresaliente en los estudios, una parte recaía en que tenía un papá muy exigente y la otra porque allí descubrió la llave del universo. Como cuando tuvo a una maestra a quien quiso mucho, en la secundaria, que le mostró la maravilla de la literatura: su maestra Ondina. De allí fue una cuesta hacia arriba para poder mantener algunas contadas amistades, pues despreciaba las actividades socialmente aceptadas por casi todos y elegía mejor quedarse la mayor parte del tiempo escondida en casa. Y en su inocencia, siempre resultaba cayendo en las artimañas que ella tomaba de todo corazón, de los tipos que se le acercaban. Como el que le quitó su virginidad y se dio a la fuga. Como su mismo marido, quien ahora se encontraba de viaje en Nueva York. Por esa razón su madre cuando podía reprocharle algo, le reprochaba su estupidez y su infancia emocional.

Sale de la ducha y se dirige hacia su habitación. Un lugar muy bonito, un lugar a donde le gustaba mucho permanecer, sobre todo si su marido pasaba semanas y semanas fuera. Como ahora. Pone a funcionar su equipo de sonido y mientras la música da rienda suelta a las notas altas y bajas, Violeta le da rienda suelta a su nota más alta: la sexual. Va al cajón de ropa interior y busca alguna de sus minúsculas tangas y alguno de sus sostenes sensuales. Mientras baila a solas y sonríe. No sonríe por recordar la última noche de sexo con su brillante marido: ponte encima, ponte abajo, ponte en cuatro. No por la palabra más vulgar que él era capaz de decirle en un momento de calentura: mamita. Era por ese rasgo de su naturaleza que permanecía casi intacto, ese afluente de lava que le surgía cuando a escondidas miraba alguna película porno en Internet o en la televisión, lo que le gustaría recibir golpes, bofetadas y palabras que para ella sería como un Mozart al almuerzo o un Tchaikowski para la cena: el vino barato propio de las prostitutas. Una partitura que fuera desde “te la quiero chupar”, pasando por “soy tu putita sabrosa”, llegando y sin terminar hasta el “quiero que me des por el culo”.

Así era Violeta. La niña Viole. La mística Violeta.

Y cuando llegó el instante de meterse los jeans y la blusa, se mojó la dinamita y pasó su mente a divagar por el quehacer del día. Las compras, la reunión con las amigas, la disolución de otro de sus sueños. Yo la conocí por accidente o por una fabulosa casualidad en un almacén, mientras ella buscaba un regalo para su papá. Yo buscaba algo para mí, incluyéndola. Y la vi, con sus enormes ojos cafés y sus pestañas de pobreza. Con su cabello ondulado, un poco descuidado por la tristeza que no dejaba de respirar por entre sus costillas como una enfermedad pulmonar. Con su edad de diosa y su anochecer de recién nacido. No sé por qué me recordaba al rock y me olía a cerveza barata. A veces, del cabello soltaba olor a vino y otras veces, olor a formol. No quiero escribir sobre nuestro primer encuentro, sobre nuestra primera cita, ni tampoco sobre lo que vino después. Solamente quiero hablar del final. De su final.

Ella llegó a enamorarse de mí como una niña se enamora de una Barbie que tiene por primera vez entre las manos. Con su asombro de mujer y su mentira de anciana. Yo solo era uno de esos tipos que buscaba enriquecer sus memorias bibliográficas a costa de una oreja calientita a quien descargarle mis bajas pasiones y un corazón tibio al que pudiera calentar con alguna buena oración. Quizás fue una de las personas que mejor me conoció, como también una de las que menos supo de mí. Creo que en algún momento yo también la quise. No sé si la amé. De lo que estoy seguro ese que amé cada segundo de aquel sábado, que la vi tirada en la cama del cuartucho que yo alquilaba, cuando en medio de una sesión sadomasoquista, quise guardar su magia en una botella de ron, y se la introduje en la vagina con furia y con amor. La amé con cada gota de su dulce sangre que veía embotellarse y después chorrearme de los dedos, al habérsele quebrado una parte por dentro. Le dije que quería que me diera un hijo, cuando vi su matriz salir enroscada en el vidrio y la amé mucho más cuando en un gemido me susurró que era un hijo de puta. Ahora me doy cuenta que sí la amé.

Amé a la Violeta que le huía a su marido al anochecer y al despertar. A la Violeta que saludaba a la perversa y sencilla, doña Ana. A la Violeta que se duchaba y salía a buscar por las calles el sueño de amor que nunca tuvo y que todos le negaron, incluyéndome. A la Violeta que no quería ser momia, pero era un zombie. A la Violeta que amaba el arte y no entendía ni una miseria de él. Ni siquiera lo sentía. A la Violeta que le dejó al mundo una historia que hoy algunos quizá lean y les despierte la morbosidad propia de quien gusta meterse en la vida de otros, pues la propia carece de emoción. A la niña Violeta. Mi niña Violeta. La Violeta a la que quise cuando ya se había ido. A la que amé cuando me fui.

A ella.

Metrópolis (Fritz Lang)

El perro difunto

Gruñe cánceres imaginarios

en las membranas pulmonares,

le ladra todos los días

a bosques de metal,

evitando el rostro de la culpa

que lleva, que negó tres veces,

tres cientas mil veces,

hasta que despertó

con la flor en el paladar.

Huyendo como perro difunto.

Intentando vender su sombra

a lo bajo de la cama,

a lo alto de su sexo,

pero nunca al frente de su frente.

Poetastro de bufanda solemne,

boina sin letra, moda in-zombie.

Out-life.

Comenzaba uno,

terminaban veinte,

se reunían mil.

Nunca la cocaína fue tan mala,

y la mariguana fue tan pobre,

como cuando su embuste

socava el nombre,

y el apellido le sonaba fuerte.

El aplauso le secó la lengua.

El tablón se hizo muy chico.

La musa se fue con el anonimato.

Guau. Ouch. Bu.

Lo que el Pacaya miró, habló y calló.

Aún se ven las calles manchadas de tierra negra por las esquinas y los gigantes costales de arena apilados uno sobre otro en las aceras, hacen ver a la ciudad, como un ente raro lleno de tumores.

Todavía se respira ese aire adolorido de lo que pasó con la visita de Ágatha y en los periódicos cada día, no ha dejado de aparecer alguna noticia sobre todo esto. Recordaba, hace unos minutos un artículo que me pareció inmensamente estúpido y terriblemente moralista: una iglesia evangélica que pagó un anuncio de una página entera, gritándole (según ellos), a Guatemala, que se arrepienta y se acerque a Dios, pues lo que sucedió hace unos días, es un castigo por lo lejos que se encuentra el país de las enseñanzas bíblicas.

Aseveran además, que esto no es sino una señal de que se acerca el tan temido fin del mundo. Temido para muchos, temido para toda esa gente que acostumbra a culpar a la naturaleza, a otras naciones, a sus antepasados, pero nunca a ellos mismos, de todas las cosas que aparecen a diario por todos los puntos de vista social, económico y demográfico en el mundo.

Se me hace sumamente ridículo el papel que la iglesia toma en este tipo de situaciones. Ese papel que ha tomado siempre: un ente regidor y castigador, amante de las más cruentas perversiones, asesinatos y estafas, tanto como dictadora y gran golosa de la ignorancia de los demás. ¿Por qué no se ve aparecer a estas mismas iglesias, todas ellas, donando sus millonadas de diezmo que perciben diariamente?

Seguramente no se pensaría en que para que el país se recupere tardaremos docenas y docenas de años.

Hace varios días, creo que fue después del segundo día que se suscitaron estos eventos, la erupción del volcán y la tormenta, apareció en un periódico, un artículo escrito muy acertadamente por una columnista, en donde cuestionaba la diferencia entre las palabras solidaridad y caridad. Estas palabras se han puesto muy de moda últimamente entre la gente que habitamos el país, como seguramente se hace presente en la boca de muchos otros, qué decir, todo el mundo.

Por un lado la palabra “solidaridad”, siendo emblema característico de este gobierno que no ha hecho más que agrandar la vagancia y la pereza de mucha gente, en vez de enfocarse en planificar y ejecutar proyectos de desarrollo sostenible. Pero de los verdaderos proyectos de tal magnitud. Creo que esto, bajo la lógica básica de cualquiera, aún quienes no tienden mucho a leer sobre política, es absurdo, como lo ha sido y seguirá siendo, que programas en donde regalen bolsas de comida, que duran lo que duran los camiones en regresar a sus bodegas, vayan a sacar al país de la pobreza y miseria en la que se encuentra hundida.

¿Por qué es que no han progresado los programas que han ido enfocados hacia la educación reproductiva en el interior del país? Por supuesto que no progresan, pues es mejor seguir dándole de comer a la gente en la boca, que hacer que se eduquen para que no existan familias que tienen 8, 10, 15 hasta 20 hijos. Y la gente que precisamente, tiene menos recursos para mantenerlos. La gente que vive encerrada en apenas una o dos habitaciones, compartiendo cama, y de donde luego surgen los actos de incesto y demás situaciones que la gran mayoría señala moralmente, pero que nadie acepta que es por toda esta red gigantesca de gente que a sus anchas se moviliza, para mantener embrutecida a la gran mayoría, que después serán los gloriosos votos que nos lleven a un período más de corrupción, retroceso y estancamiento.

Este cáncer solidario que nos han propagado, deja ver también por el otro lado, la entraña oscura de la caridad. La que es causada por la lástima y no deja ver en ninguna medida, el valor propio de cada persona para superarse. Es la limosna con una sonrisa torcida y un gesto tosco a la espalda del otro, es esa cosa escabrosa y pegajosa que hace que la gente se ponga en el messenger “¿y qué estamos haciendo?” como si con hacer estas preguntas a los ojos de todos, ellos mismos ya estuvieran haciendo algo. Como quienes se ponen en su facebook que oran todos los días por Guatemala, cuando son incapaces de ver a su costado, a la anciana que cansada de haber caminado todo el día, vendiendo dulces o galletas, no ha logrado conseguir ni siquiera para comer, mientras el bruto va sentado en el bus a sus anchas, después de haber estado sentado todo el día en la oficina haciendo nada, sin cederle el lugar. Lo mismo con las embarazadas, lo mismo con las mujeres que cargan bebés en sus brazos, lo mismo con los discapacitados.

Y son las cosas con las que me topo a diario en mis cortos o largos trayectos. La solidaridad y la caridad, como gemelas que todo mundo ha manoseado, se las ha cogido, pero nadie se acuerda cómo son y en dónde realmente existen. Pienso que de alguna forma, estas palabras deberían de borrarse del diccionario, del idioma. Pero como muchas cosas, es imposible, borrarla de la actitud de la gente.

Menos aún de los políticos que ahora veo salir en páginas del periódico, anunciando que se han sumado a la “ayuda” para el pueblo sufrido, para ese pueblo tan necesitado de su caridad y solidaridad. Menos aún de todos los sacerdotes que siguen montados en su altar cogiéndose a los acólitos y a los niños que llegan pidiendo ayuda. Ni siquiera se cuenta con los pastores evangélicos con sus iglesias de millonadas y sus pantallas gigantes, para poder ver de cerca el sermón, aunque me haya tocado la última fila.

Tampoco a los mormones con su montón de dinero y su agringada manera de andar por la calle, con sus templos llenos de oro, que me vendría bien saquear uno para salir de mis deudas.

Pero nos sentimos contentos eso sí porque siempre nos caiga la ayuda internacional y aparezcan desfilando los embajadores, la ONU, la OEA y todo ese montón de organizaciones que se me figuran una desgracia mundial, tirándonos sus pedos de euros y de dólares, que ya veremos cómo se nos cobra más adelante.

Claro, como también nos sentimos contentos cuando aparecen las inditas y los inditos figurando en las portadas de las revistas y nos dicen que nos podemos sentir totalmente orgullosos, de ser del país de donde somos.

El tema del lagrimOso

Un raudo choque de espadas

me centellea en el pecho

expoliando los sueños

y siendo ergástula para

la muselina y el alcohol.

Mi cabeza es un flabelo

perdido entre las cantinas y los cafetines,

donde los almohadones de perlas

y montañas se han quedado atrás,

desbancados por el mutis

y el bolígrafo sin rictus.

Verso: _._...!!!_x_xxx¿¿¿

El cisma entre tristeza y melancolía,

el antídoto del positivo-negativo,

el plomo de transfusión X, en grado Y.

Esplín.

La ciudad genera su toxina

y el país es ya, un hábitat de bestias

y sodomía.

¡Oh Capitán, mi Capitán!

Sigue con tu cabeza muerta y fría,

reposando sobre mi brazo,

estoy a punto de hundir los ojos

en las entrañas del cemento.

Las cosas para hacer

Anoche veía en la televisión un documental muy bueno, de los pocos buenos que he podido ver últimamente. Era sobre el rock y el cine. Lo precioso que tiene el cine es poder unir el arte visual, con el arte musical, el teatro y una infinidad de posibilidades, dentro de esos 90, 120 o etc. de minutos.

Por el otro lado, brincaba hacia otro par de canales, uno donde se anunciaba el encuentro de cuatro cabezas en distintos puntos de la ciudad y otro en donde se realizaba una entrevista telefónica al recién electo y recién destituido Fiscal General de la Nación. Al igual que el cine, la televisión otorga otra gama de cosas, la mayoría basura, por cierto. Los canales telenovelescos, los canales con series tontamente elaboradas y exageradas. Los canales en donde las películas clásicas son uno de los pocos manjares que se le puede probar a ese aparato cuadrado que últimamente me acompaña de noche.

He utilizado cada vez menos la computadora, primero por el fastidioso sonido que emite el CPU por lo viejo que se encuentra y lo arruinado que se ha puesto con tanto golpe que le he metido. Otra porque, hubo un tiempo en que me sature de computadoras. Y porque no puedo ponerme unos audífonos que lleguen hasta mi cama para poder escuchar música. De momento no ojeo algún libro, pues los pocos que tengo, ya que la mayoría se quedó en la otra casa donde vivía, ya los he leído y no me llama la atención releer.

Y los buenos libros que tengo, están dentro de la computadora y no termino de encontrarle un sabor intermedio al hecho de sentarme a cuadrarme el trasero y colgar los ojos en la pantalla.

Ahora es cuando entiendo lo fantástico que tiene el internet, pues se encuentran cosas maravillosas cuando se navega en él. Lo mismo que las cosas cómicas.

Pero devolviéndome a la situación de la disponibilidad de canales, hubo uno que lamenté mucho ya no tener en la programación: un canal llamado Milenium, que solía transmitir películas biográficas de personajes muy interesantes, tanto conocidos, como desconocidos. De igual forma las cápsulas curiosas sobre hechos históricos y la transmisión de algunos conciertos.

En su lugar pusieron un canal de noticias, aburrido de sobra pues es boliviano y pertenece al gobierno de Evo. Me pregunté y respondí al mismo tiempo si habría gente que se siente a ver ese canal, y supe que sí. Como los hay los que disfrutan todo el día de los canales religiosos y los que pasan el día entero corriéndose la paja con los canales pornográficos.

Dentro de todo lo que vi anoche, vi una película llamada “Saved” (Salvados), los actores en su mayoría adolescentes, con una trama muy interesante, pues trata de un colegio cristiano, en el cual sus integrantes se esmeran por ceñirse a normas morales y a una fe que rayaba, sino es que caía estrepitosamente en el fanatismo. Una chica que, era el personaje principal, y que decidió tener relaciones sexuales con su novio, pues él acababa de confesarle que era gay y ella sintió el llamado de Jesús para salvarlo de su tendencia homosexual. La chica pertenecía a uno de esos grupitos que se dan siempre en la secundaria y en todo lugar, básicamente, pero este grupo de las populares, liderado por una chica infinitamente tóxica, alabando a su señor por los pasillos todo el tiempo y en los baños cuchicheando su envidia hacia los demás.

La chica, al darse cuenta de que después de su aventura sexual con su novio, resulta embarazada, se para frente a una cruz inmensa que hay a la entrada de su escuela y comienza a gritar en voz alta palabras obscenas, como un acto de protesta hacia su dios por haber permitido que le sucediera eso. Se preguntaba si ella había obedecido a ese “mandato divino” que había recibido, cómo le había resultado un embarazo.

La gran prisión que la gente se crea dentro de lo que llaman su fe. Esa reafirmación de aquella frase que dicta que la religión es el opio de las masas. Y es que así ha sido, está más que demostrado no solamente por la historia, por el pasado, sino por el hoy.

Lo mismo se es esclavo de una cosa, que de otra, hasta ser esclavo del arte.

En el documental hubo un segmento que dedicaron a aquellos íconos del rock, sobre todo en español, que en algún momento quisieron pasarse al bando de los directores de cine. Tal es el caso de Fito Páez, de quien nunca, hasta ese instante, hubiera adivinado que ya había dirigido una película. Dicen que la crítica fue mala, no porque la película hubiera sido mala, sino porque él como canta-autor jamás debió haberse metido a la onda del cine.

Y él mismo lo confirma en el siguiente fragmento, en una entrevista dice que según la ley de la selva, él no podía pasarse a ese terreno del cine, siendo músico. Y que jamás volvió a hacerlo, ni lo volverá a hacer.

Lo mismo sucedió con la chica de la película, después de profesar por todas partes su supuesta fe, al primer momento de algo no planeado, decidió abandonarla y pasarse dramáticamente al “otro bando”.

Le llaman libre albeldrío.

¿Será en realidad liberación o será elegir otra esclavitud para abandonar otra que dejó de gustar?

¿La medida de esa fina línea de la prisión o las alas está en realida den nosotros, o somos seres siempre expuestos a tener que creer en algo de una forma acérrima para sentir que vivimos en razón de algo?

Son preguntas que me asaltaron anoche, cuando por otro extremo, veo este asunto del Mundial. A mí me encanta el futball, no lo voy a negar. Como tampoco negaré que siendo hoy viernes, cerca del medio día, me disfruté el partido de Sudáfrica y México. Y que espero escuchar al menos el partido siguiente.

¿Estaré siendo víctima de la fiebre mundialista? Seguro que sí, es en donde se siente que correr para ver un buen partido, no es una obligación. Es un disfrute. Creo que allí es donde radica el asunto de volverse de un lado o del otro.

Yo hubiera querido ver a Fito en otra película, como apareció Charly en otra película muy futurista y muy mala. Pero como se sabe, muchas de esas finas líneas que no se debieran cruzar, están en nuestros ojos y nuestros pies. Los demás tal vez ni siquiera lo saben.

Medianoche

Es el vientre con el bisturí

retrato de luna de perfil

y niña de besos de olivo.

Descanso de lirios y granadas

en las sienes,

barandales de rubíes

y plata, castañuela de mirto,

boca de hojalata.

Canto de alondra

cavándome el oído

por donde pasa el nenúfar,

zahorí marino.

Cruje el viento por los tejados,

descubriendo los muslos rollizos

del mándala,

llevándole una rabia azucarada

en botes de azafrán y lucero exhausto.

El árbol respira débil

y el párpado aulla con estruendo,

la espalda se parte

llevando su mensaje tatuado,

como potro subiendo al níveo cutis

del cielo.

...

Escribo para los ojos del viento y el corazón del mar. Desde un lugar anónimo como miles, como todos y como ninguno. Con un sombrero de copa y una copa de cicuta al costado por si el pozo del amanecer me recoge y me lleva en alas de gaviota hacia la fina curva de la aurora boreal. Es el rito del beso y el ocre de la ciudad. La urbe que pare grafitis, al filo, a la sombra del arcoíris y bajo la pupila del monocromático deseo de bajar por la esquina y enfilar hacia la falda del invierno.

Abrazo de napalm y jardín. Escribo desde la calle con nombre de sol y apellido de bosque.

La caja negra


¡Se desperezó la lóbrega noche!
Y de un grito, abrió su garganta
vomitando su hígado negro,
desdentando la sedalina y el buqué,
alienando los tallos de la hierba
que daban cantos sobre el pecho del mar.
El navío fue ataúd,
el camión fue trampolín de cuerpos añiles
y endecha de barro,
los barrancos fueron las quijadas de la tierra
clavándose en los vientres imperceptibles
de quienes a oscuras mudan de luto
y su panteón, es el de siempre.
El sol despertó con sus ojeras negras,
pesaba el cielo sobre las narices,
las avenidas y calles transpiran el licor agrio
de un volcán que se siente solo.