domingo, 28 de agosto de 2011

Dosis

Afuera llueve. Ha pasado lloviendo casi desde el medio día, mientras en mi habitación las paredes sudan, lo que gotea y se acumula.  Hoy veía una película sobre Mozart y me preguntaba si en verdad a veces el destino (o lo que sea que se llame el curso de la vida de cada quién) a veces presenta el poderoso deseo interior de crear obras que inmortalicen a quien las expulsa, pero se les niega el talento.  Es decir, Salieri tenía el enorme deseo de crear, de que su espíritu encontrara el punto de conjunción en el universo, a través de sus obras, al punto de venderle su alma a Dios para conseguirlo. Pero no tuvo el talento. No tuvo nunca el talento que traía Mozart. Y ahora sabemos quién permaneció en el mundo de la música y de quién apenas se saben algunas anécdotas.

Miro a veces en televisión a personajes con sus propias historias, con sus sobrevivencias y vivencias y noto que hay un fuego que en el mundo se va ahogando con el tiempo.  Es como si esta lluvia que hay fuera, existiera ahora siempre en las entrañas del día a día.  Mi sentido humano me dice que, sí.  Hay mucha gente que sabe que nace, y que su razón de haber nacido es existir.

Pienso que mucha gente se miente a sí misma, más que mentirle a los demás. Y es triste.  Yo no pretendo ser alguien que sale todos los días con pancartas y me quede de plantón frente a iglesias, conventos, palacios, congresos y sitios donde nadie sabe quién soy. Sí lo intenté, pero no es eso lo que deseo.

A veces siento un dolor que me oprime el pecho y no tiene una explicación razonable para quien me pregunta por esto.  Es solo la punzada que por momentos siento que viene de cosas que no conozco y de cosas que tal vez ya conozco mucho y muy bien.

Estos días me he encerrado en mi caparazón.  Estoy a punto de iniciar terapia y a veces he estado a punto de terminar con mi propia vida. Pero esto último sería un acto de pura cobardía. No porque desee estoicamente salir adelante por algo o por alguien.  Es porque como leí en algún sitio: "no seré nunca turista, pero siempre seré un viajero".

Creo que esa fue la diferencia entre Salieri y Mozart.  Uno quiso saberse turista y embajador en el arte.  El otro solamente quiso viajar y por qué no, perder el rumbo que nunca estuvo marcado en su mapa. Pues su corazón al final de cuentas era su brújula.

Voy a buscar mi hogar. Pues allí encontraré de nuevo mi corazón.

jueves, 25 de agosto de 2011

Moritat

El clarinete desata su alma desafinada
y brotan tulipanes negros
desde la fogata en el bar...

Mi vaso conversa de whisky
con mi lagrimal, en tanto mi bufanda
se ahorca contra el invierno tropical
de una Antártida sin morsas...

Es cierto, dije su nombre
sin haberlo pensado
y Nina se duchaba de lila
en el tragaluz.

Por las tardes me uno con el viento
entre las islas de mi ciudad,
voy soltando gaviotas entre
poemas melodramáticos
y baladas de adolescentes enamorados
que juegan a no olvidarse jamás.

Mi corazón cuelga en la orilla
del mar,
mi espíritu es un batallón de
tigres feroces, arrancando páginas
de Lorca y lamiendo a Benedetti
sin el rostro de vos.

Este verso es cursi
el verdugo fue mi desesperación,
en ojos de perro deposito
la melodía que en madrugada
saldrá a comprar cereales,
tostadas y requesón.

Hasta que me resbale en la acera
y no haya quien se burle de mí.

jueves, 18 de agosto de 2011

Borradores

I

La luz: el cordel baja por la temperatura del cuello hasta volverse aguijón de opio. No. Los pinceles no son bicolor y no se trata de elegir entre el lila y el añil, ni llantas o los pies.  Solo voy  haciéndole vapor a los globos en el cielo y toco un poco de rock al té frío del rincón.

Un blues de naves en puertos de limón.  Solfeo.

II

Flores de loto en dinteles.
Trazos rotos entre el papel y el vocablo.  Callar en el mouvement introductif de un puente y el arma que gira en la sien...Respirar en la copa de los árboles saboreando el numen del sonido.

III

No se me callan los dedos, el lápiz va de tropel a locomotora en mil.  Se me arrugan los ojos pero no las visiones. La línea es una franja de esquirlas y balas con vacío en la testa.  Duermo en el lomo de una pesadilla que sacude sus pulgas en la alforja del dilema.  Entonces giro las tuercas del reloj amortajado que raspa de diente mi tiempo.

Está bonito el día y mi espíritu lo abarca en pleno vuelo hacia no sé dónde. Qué sé yo.  El alba incendia mi boca, la que saldrá a buscar la tuya en medio del tránsito que golpea las avenidas del centro.  Encontrémonos. Me llamaste. Te llamé.