jueves, 29 de noviembre de 2012

Conversaciones de narguile


Salió el miura de entre las calles
para besar habanos y estalactitas
extraídos de la piel de los jardines.

En paisajes de invernáculos
se encuentran muertos de desierto
los hongos y las palmas de brujas
que quisieron cuajar sus pellejos
en el vapor de las pipas que buscaban
el orificio de la melodía que no se miente
y del sonido que se dispara de par en par
sin miedo.

Del humo de frutas se dibuja en los cristales
mascarones de proa
y esqueletos de algas…
Yo los veo, suben a los techos
y los amantes aspiran su polvillo
sobre las videocaseteras y los discos de vinilo,
se echan en sus camas angostas
y expanden sus alas,
mis ojos se cuelan hacia su
pornografía y sus corazones de diamantina
mi boca sigue haciendo hervir
el mar…

Escribo sobre sus miradas
que no pintan criptas y sellos,
trazo sobre sus labios
que no muletean historias
y saltan por balaustras
bañadas de cebada.

Falafel para las sirenas,
té de hierbabuena para
Caronte,
para mí solo una cerveza.

Ya ha salido el sol.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Poema en sol de ónice

Un racimo de nimbos
se deslizan por las agrias paredes
y se confunden
con los profusos vahos
de mis pies.

Allí donde se pierden
las acuarelas
es donde inicia la pesadilla.

Acá donde se cuelan
las sirenas azules
es donde brotan los murmullos
de primavera en cien inviernos.

Ya duermen los bustos
que deambulaban por una ciudad
de mármoles y aserrín.

Mi idioma no existe en los libros
ni anda en globo a flor de mimo
para callar las lágrimas del bufón.

Cataratas en los oídos,
barquitos de papel ,
ánforas de piel en anaqueles
y agujetas en bosques de imaginación.

En la esquina de sepulcros
teje su abrigo una hechicera
y luego hunde su pulgar en mi corazón.

Danzar con pie quebrado
es para el que sabe
que más adelante
encontrará barro.

Mi espíritu
se echará a volar
cuando clarea
y reirán los violines.

Prueba de sonido

La lluvia se ha estrellado
contra el cielo:
ella en el jardín
dormita en el tablero
con cinco manos en
sus pezones…

La quena, el aullido
de un drenaje a lo lejos
y el hervor de los intestinos
en la tetera de las tres.

Hoy es domingo de morbo
y de periódicos enfilados
sin sal.

Una anciana trenza sus caballos
entre las praderas de obsidiana
y magenta.

Por los áticos brincan
las polvaredas
de guitarrones y geometrías
insondables.

Es ya de noche.

La calle arde y no hay
iceberg que congele
tus párpados de insomnio.

Es el sonido del tangram.

Hay una luz que nunca se va

Deja que el café
derrame sobre la mesa
su verde perla
y bañe los círculos polares
que son muchedumbre en tus manos.

El piso mantiene
secuestrados los bailes
y la cocina ahorca
mi paladar que ya no besa.

Soy una lágrima
en palabras atropelladas
por el tráfico de cabeza.

No es cierto
que olvidé tu nombre,
solo que no recuerdo
por dónde caminas.

Los perros han escapado
y mi abuela me dijo adiós
desde su charquito
de whisky.

Mi madre se suicida
con las medias de seda
que olvidó la amante de mi
padre en la cabecera de la cama.

Mi hermano se divide
entre transexuales y
la chica bonita que
lo besó en la mejilla.

No lo sé.

No lo sabes.
Lo sabes.

Yo no lo sé.

¿Dejo al corazón
que naufrague
o es que el pez chico
se ha tragado al grande?

La música transpira
en mis zapatillas viejas.

Me movilizo entre ruedas
y los buses abrazan
mis facturas sin pagar.

Aquí salgo
a patear latas.

Aquí cierro la puerta
y en el cerrojo dejo
atravesado
un pañuelo rojo.

Ven.

Los sepulcros de la dolce vita

De las puertas
cuelgan
cintas
cinematográficas
de exangües paisajes.

Sal y no sol.

Hay ráfagas
de hielo frappé
que caen
de diluvio
entre los vasos.

Hoy vi morir
un solfeo
en mi alfombra
y un manojo
de girasoles
se retorció
sobre su piel.

Ya sé
bajo qué nombre
aparezco
y desaparezco.

Supe que
el insomnio
solo se alimenta
de mis olvidos
y traslada
sopor hacia
su sangre.

Me mintió.

Yo le mentí.

Pero era verdad.

La balada rolliza
rebalsaba
de las sucias
paredes
impregnadas
de su sombra.

Y no dije nada.

Resuelvo caracoles
mientras del otro
lado
preparan las brujas
su tetera con
cabello de niño.

La madrugada
acabó por
engullir
mis poemas
y traficar
con lejanas
primaveras.

Alma en penas,
penitas,
penumbre,
alambre,
pesadumbre.

Introduzco
mi lengua
que boga
en la
saliva océanica
de su apatía.

La fúlgida
despedida.

Aluvión
de esperma
en sábanas
desoladas.

Mi corazón
había dicho
sí.

Y paró.