jueves, 11 de abril de 2013

Pergaminos celestes



Es hora de sentarse a observar de nuevo los espacios. Inhalar ese viejo aire, ese aire mohoso e impertinente. Mi mente se transforma en un tangram donde no se pueden derramar minutos. Este ya no es un cuadro surrealista de Dalí, mucho menos una gozada desnuda de Klimt. Otra vez ese no saber la ubicación de las cosas, pero saber exactamente dónde se quiere pisar la mina. 

Hoy recordé de nuevo que la felicidad y esas cosas ambiciosamente humanas: cuando se tienen en las manos es como cargar un tesoro en medio de un barrio de ladrones. Lo repetí mil veces como un mantra y entonces apareció. Era una figura cómica, era ella y él a la vez. Siempre cambia la presentación como esos juguitos que te venden en la tienda, con el bote siempre más bonito pero que sabe a la misma mierda de siempre. Nos hemos puesto a dialogar de nuevo y noto que ya no actúa como un invitado: ya se siente casi dueño. Lo mismo que las sombras que dejo almacenadas en mi cuarto, lo mismo que los fantasmas que me platican en el lapso que dura el té de las 6.

Salí a caminar y me reí a carcajadas cuando por la calle pasaba una vieja de esas amantes de la iglesia y con olor a sábana de cura que me gritó: "esos tatuajes te hacen ver como una puta". Y más tarde me puse a pintar girasoles entre la noche rota como cuando Van Gogh decía que cuando se necesita la religión, salía  a esa misma oscuridad  a pintar estrellas en el cielo.  Todo siempre es relativo. Nada es para siempre. Y los relojes se pueden romper si uno desea estrellarse con el tiempo.

Anduve en busca de la imperfección de unos labios que no existen y elegir el helado más rico para regalárselo al chico que nunca me vio pasar. Ahí va un bosquejo de un poema de amor. Scorza lo sabía cuando escribió "hay cosas más altas que llorar por amores perdidos". ¿A dónde se metió toda esa poesía que de tan vieja, olvidaron los jóvenes?

No me gusta repetir canciones, como tampoco me gusta repetir los lienzos y re pintar sobre ellos. Es tan bonito ese olor de las mañanas cuando no se tiene que decidir, cuando no se tiene que ser un cántaro que deba llover sobre la cabeza del egoísmo.

Por eso me gusta el jazz, es tan libre, tan lejos de parámetros y tan lejos de las estructuras rígidas y sosas de los demás tipos de música. 

Por eso me gusta caminar en silencio y poder hablar con todo el mundo, en un idioma que no es inentendible, pues hasta un niño podría darse cuenta que solo se trata del amor. El amor por todo eso que no aprisiona y que no se rebela como un mal trago de cerveza caliente: De esos que te dan diarrea y te hacen vomitar.

Al final de cuentas el alba es ese místico toque del sol que casi nadie se acuerda de voltear a ver. Pero siempre habrán unos ojos que lo miren.