lunes, 9 de diciembre de 2013

Somníferos

La primera luz del día se consume en los ojos de la gente
que de sus escondrijos sale buscando alimentarse 
de la piedad del asfalto y la candidez de la publicidad.



En la azotea de cualquier edificio
una niña muere por amor en su tina de piel,
mientras su madre se corta con lejía
los deseos más impuros del corazón.

Es medio día. Hora de ir al mercado.

Hora del almuerzo y que papá llegue
preguntando qué hay de beber,
pues la vida sigue siendo muy devaluada,
los intereses bancarios ya no son de jazz
ni lavanda, y la bufanda de mi hermana
ahorcó su última sonrisa cuando cerró
la puerta y me dijo adiós.

-¿Por qué ella no abre bien los ojos?-

-Pues así observo con más pasión el mundo.-

-¿Por qué ella no ve nuestros bellos rostros?-

-Ellos caben en 27”, pero no caben en una nube.-

-¿Por qué ella abandona a sus hijos?-

-Así sabré cómo crear puentes amarillos y rojos. –

-¿Por qué ella no usa su inteligencia?-

-Atlantis no emerge en elevadores y no brota en CV’s.-

No digo amor pues brama el mar,
pero lo siento,
como brisa que no esparce las rosas
de la mirada de mi madre,
en su regazo de miel y espinas,
en su hombro de doncella y de reina.

Deletreo mal un te amo,
pues el diccionario tiembla,
pero el pecho se me vuelve tromba
de caballería y las teclas de Rachmaninoff
mi corcel.

Así partiré, con la valija llena de dibujos 
con esencia de crayola y marcador,
con la billetera vacía y un extraño origami
hecho con diálogos de teatro y tapitas de cerveza.

-No te preocupes mamita, te mandaré una postal que yo misma pintaré con mis acuarelas nuevas. Nunca olvidaré tu dirección.-


El aullido del tiempo

El sol de agua cae en el alabastro,
mis ojos son buhardilla
despertándose por los muros mohosos
y las puertas de madera quebradiza.

El espejo se ha roto.

Anoche los postigos
vomitaron sus cerrojos
y salieron mis pensamientos
a jugar con las sílfides.

“Si hambre es a comida, entonces corazón es a…

A de amor
B de babélico
C de carajo”

Soy el reptil redentor
de cromosomas X, Y, Z,
y redoble de tambores
al retumbar el planeta.

“Número de Cédula:
Número de D.P.I.:
Número de I.G.S.S.:
Número de teléfono:
Número de muertos”.

La Gioconda pasa por donde el cóndor
nunca quiso pasar,
garganta de campana
azuzando bebés de probeta.

Los párpados azules
se sumergen a la luz del quinqué
en una hondonada de petirrojos y azucenas,
la pasión pueril de sentirse
amortajado por los enormes pasos,
por el cancerígeno humo de las edades.

“Si un hombre corre ¾ de milla en una hora,

¿Cuántas millas correrá en toda su vida?

A. Unos breves pasos con medalla incluida.
B. Un hogar bonito con reproducción de talla XL.
C. Una cornamenta de lujo.”

Música oceánica desde mi navío de perla,
orfeón de bruma,
polichinela en teatro de cámara.

Aquí no existe la arboleda,
solo barrotes rugientes del Ganges
y franela de Xela.

“Dibuje a una persona bajo la lluvia.

¿Qué hace?

Vive.

¿Es fuerte o débil?

Vive.

¿Piensa en algo?

Vive.”

Cerré de nuevo los ojos,
el reloj brincaba sobre su eje,
interpretando su adagio
mientras yo corría.


Aspiradora de hospital

El hambre se ha tirado del despeñadero
causando ese dolor de redondez y miseria,
de los niños con barrigas de tonel
y las mujeres con rostros hechos de lija,
de hombres con el azadón al hombro,
pues ya no existe más tierra qué acariciar…

Cuando era niña, soñábamos con manzanos,
fresas de miel y plátanos azucarados,
los carruseles con sus caballos de trigo
y las plazas gorditas de maíz y lluvia de arroz.


Me despierto, entre rostros achacosos,
gente de ocho a cinco y causas benéficas
solo de internet,
billetes que vuelan entre los dedos del avaro,
los tipos que persiguen sus sueños 
y se echan a dormir sus mundos de ego,
el que grita callado, pues la vergüenza es mucha
y la habladuría rellena las paredes de los rascacielos.

Tiro mis monedas a los pies del viejo Bóreas
exacerbando mi propia ignorancia,
manoseando el culo de mi modus vivendi
pues es más fácil ver las noticias
desde mi sillón,
que ser pregonero del mundo.



Congestión de cometas

La mesa rebalsa de licores
y abrazos de bienaventuranza,
tarjetas de despedida
colgando de la puerta:

“Francia es hermosa desde aquí”.

“Pronto volveremos”.

“México y Chichen-Itzá te saludan”.

Cambié mi alma
por un par de metros cuadrados
de expansión.

La señora de la tienda
no conoce mi tristeza,
el de la boletería del teatro
no reconoce mi color,
mis viejos se asoman a la ventana
cuando los eslabones dejan 
de sonar,
pues los niños no se entretienen
si mamá no se encierra a jugar.

Mi poesía se seca al sol,
pues las canicas se fueron
debajo de los vehículos modernos,
y mis compañeritos 
me dejaron de visitar.

Mis alveolos de menta y 
azúcar
se enmohecen
al choque de ventanales,
fibra de vidrio en los ojos
y soda cáustica para des-taparme
los oídos.

Pues es molesto escuchar
a las violetas en el patio de atrás,
y los trigales volar sin dirección.

Aúllan las sirenas, 
cortando la fiebre:

-¿Qué ha sucedido?- Pregunto.

-Han encontrado muerta
a la que vivía en el 15-12,
buena muchacha, tranquila,
no se metía en problemas.

Del trabajo a su casa 
y de su casa al trabajo.
madre de dos.

Hija de dos.

Hermana de dos.

Buenas tetas,
regular culo,
carita agraciada,
un poco distraída.

Había algo en su mirada,
que quién sabe qué era.- Me responden.


-¿No es la que veo
correr al otro lado de la calle?

...

-¿Quién? ¿Qué? ¿Quién?-

...

-Seguro no era nada.
Sólo ese molesto aleteo.-

Hipertrofia

Una bala entre los dientes,
mi esqueleto tirita al otro lado
de la calle,
embolia en los ojos
y mutis de facto.

Evoco dulzuras 
en golpes de granizo
y mi abrazo se llena de aire,
se contamina de plomo,
se contagia de techos 
con su tragaluz y su art decó…

Ayer lloré sobre un parque
de balones y globos,
hoy se me congelaron las pestañas
y me dolió el verde solar.

Quemo todas las noches
el libro que no he parido,
y se me disuelve la saliva
en un café amargo,
que bebo desde una oficina 
en donde debo tener la vista corta,
la lengua larga
y piernecitas de tobogán.


Depressus

La azotea llueve de gatos,
palomas carroñeras y zapatos.

Qué preciosa la aurora púrpura,
ofreciéndose como cinturón
sujetado al marco de mi esquizofrenia,
abrazándome hasta mutar en añil
de voces y murmullos.

Juego ping pong con las bolas
de los ojos,
rojos como mercurio,
inflamados de dolor carmín.

Hoy pasé caminando frente a Cristo,
me dijo “ háblame”,
y le dije que yo no hablo con él.

No hablo con nadie.

Por eso no hay quien responda.

Existen esos días de dunas y arcabuces,
el solsticio de invierno interminable,
la angustia de acordeón y violín.

El celular está muerto,
las llaves cuelgan de azul polar,
los libros enmudecen de mortaja,
los parques secos de caminatas,
las botellas temblando de evaporación.

Este poema está herido,
por eso el verbo irregular,
por eso su deforme hoja,
por eso su seca tinta.

El cansancio de remar hacia arriba,
mientras todos reman hacia el frente.

Hemmingway quiso tanto al mar,
para no ser el viejo.

Se volvió viejo
y se hundió en el mar.

El Comfortably Numb de un Pink sin Floyd.

Mi garganta con una
minúscula tormenta de arena
en el centro,
mi pesado respirar.

Esta lucha de bolsillos volteados,
agujereados, sin monedas,
y un puñado de estrellas en las manos,
soñando con niños
brincando en un pie,
comiendo gelatina de colores,
diciéndole a la vida:

¡Te gané, te gané!

Esta noche-madrugada de mierda.


martes, 3 de diciembre de 2013

El reproche de la falda a la noche

Noche turbia de ciudades histéricas sin historia
nublas la mirada de aquella que creyendo ser 
el ave más hermosa y de alas blancas
descubrió su reflejo en el charco de orín
de una esquina, cruzando la avenida.

He visto hombres hambrientos de poder
y mujeres ambicionar la belleza
que ni Dalí con su Gala podría haber creado.

Y he visto al infierno unirse con el cielo
diagramando la falsedad y el cliché
de la portada matinal.

Descubrí corazones muriendo
bajo el cáncer de la indiferencia.
Vi bajo el velo del amor entregado,
la mentira que sabe a banquete
de dioses de latón y aserrín.

Yo sé que me quieres esbelta,
yo sé que me quieres siendo yo,
pero de 1.80, rubia y soltera.

Mi compromiso no está en la cocina,
mi compromiso yace en un mundo
cegado por la ambición y la opulencia.

Mi rebeldía de zapatillas viejas
no encaja con tu estupidez
de feminidad, arete y perla.

Me detestas por darle la espalda
a tu nombre bonito
y abrirle los ojos estrellados
a un Van Gogh sin oreja
y una Plath suicida.

Soy la estadística de los noventa,
de los sesenta,
y de los siguientes noventa,
a quienes luce mejor amar.

Pero soy yo quien respira.